El día que cumplí los ocho años
me regaló mi madre aquella armónica.
Tenía una inscripción en letras japonesas
que seguro ha cubierto ya la herrumbre.
Me gustaba escuchar aquel sonido
tan redondo, nacido de un conjuro
formulado al soplar los agujeros.
Transcurrieron los años sin dar tregua
y el tiempo la extravió por los cajones.
Ignoro ya el lugar donde la guardo.
Hoy sólo sé que cumplo veintitrés
y sigo sin saber cómo tocarla.

22-II-10

  • Felicidades atrasadas compañero, espero que todo te vaya muy bien siempre. Un abrazo!

  • Felicidades también, atrasadas también. Este poema, sobre todo su final, tiene un aroma fortísimo -y agradable, no creas- a los de Amalia Bautista. Norabuena.

  • Muchísimas gracias a los dos. Espero que sea como dices, tocayo. Sería maravilloso. Abrazos.

  • Y ya que estoy… dejo aquí constancia del tardío tirón de orejas 🙂
    Trata de encontrar la armónica antes de los veinticuatro y… aprende a tocarla para entonces, figura; después de la prosa y la poesía, no sé qué más te queda 😛
    ¡Muchísimas felicidades! de nuevo. Me alegra comprobar que la memoria no me falló ¡je! aunque sí la capacidad de reacción 😉