Me mezclo con una marabunta que espera ansiosa, como delante del Purgatorio, a que se abran las puertas. Entramos  todos a la vez, y nos encontramos con más almas, apretujadas, sentadas y de pie. De pronto nos invade una especie de rubor colectivo, la vergüenza de sabernos culpables de una especie de pecado capital que nos condena a compartir estancia con muchos desconocidos. Y por eso todos callamos, evitamos las miradas ajenas y posamos la vista en cualquier trozo de pared que quede libre. Hay incluso una respiración tensa. Se siente pero no se oye, por culpa de los chirridos que llegan desde fuera y nos taladran los oídos. A veces se vuelven a abrir las puertas, y entre la gente que entra en tropel hay otros que salen. Entonces tengo por seguro que a ésos no los volveré a ver. Me inquieto cuando pienso en el tiempo que llevo hacinado allí, y comienzo a preguntarme si finalmente saldré de aquella ratonera, y si lo haré donde yo espero. Quiero saber qué ocurre afuera y echo un vistazo por la ventana, pero sólo veo oscuridad y mi rostro perplejo y angustiado reflejado en el cristal.

No me gusta viajar en Metro.

  • Ah, creía que hablabas de la vida…

  • Pues sí, más o menos lo mismo, tocayo.

  • Ana

    Jesu que bieen lo has descrito!! pero se inteligente, ve en cocheee!!! aunk ya estoy notando mas atasco los lunes ^^