Semana V en La Copa del Meado. Esta vez escribimos sobre una noche en la taberna. Esperamos, como siempre, vuestras lecturas, vuestros comentarios sobre los textos y, cómo no, vuestros votos. A continuación os dejo con mi aportación a esta edición de la Copa.

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EL CAFÉ DE SAN GERMÁN

Rogelio Hernández tiene un ritual para los viernes. Algo antes de las once suele torcer sus pasos en la esquina de la calle del Jilguero con la calle de la Alondra y se le ve venir algo encorvado, con su caminar tranquilo y las manos en la espalda, como el viejo que ya empieza a ser. Luego de andar un pequeño trecho, se sienta con un leve quejido en un banco de metal, no de forja, sino de ésos de diseño funcional y cuadriculado que hay en los nuevos barrios de la periferia. Cada viernes, a la misma hora. Ustedes podrán verlo si pasan por allí.

Esta noche Rogelio se retrasa bastante. Es casi medianoche y hace bastante frío, más del que suele hacer en esta ciudad. Por la calle no hay un alma, apenas algún coche que va de recogida. Sólo la figura arqueada de Rogelio, que ya vuelve la esquina y recorre la calle bajo el halo naranja de las farolas que se alzan enhiestas como guardias firmes.

Por fin alcanza el banco de metal y se sienta con esfuerzo. El reúma le está destrozando las rodillas. Se saca del bolsillo el último cigarro que le queda, lo enciende y saborea cada calada mientras contempla la acera de enfrente. El Café de San Germán es su postal de cada viernes, el altar de su rito de largas noches de calles y bancos. Le gusta la luz cálida que baña la fachada, el letrero antiguo, el murmullo de la gente y sobre todo, el jazz alegre que, desde dentro, le llega amortiguado en esta noche gélida de enero.

Fuma despacio mientras contempla las volutas de humo bailando al son de las trompetas y los saxos. Ya se ha consumido el cigarro y ahora pasea la mirada por el mosaico que recrean las ventanas de los edificios, que se apagan aquí y allí, una a una, canción tras canción. Luego devuelve la vista a la fachada del Café. En la puerta suele estar un portero ancho como un contenedor de basura y con cara de perro bulldog. Rogelio nunca ve sus ojos, escondidos detrás de unas gafas de sol, pero siente la mirada de advertencia que le arrojan. Hoy no hay nadie. Parece que el frío ha conseguido doblegar al forzudo que, hasta hoy, tenía por invencible.

Rogelio se tienta la ropa en busca de más tabaco pero desiste cuando repara en la cajetilla vacía, hecha una pelota, que yace junto a sus pies. Mueve nervioso los pies mientras contempla con la vista fija la puerta desguarnecida y piensa en entrar y probar a pedir un cigarro, por si hubiera alguien de buena fe que compartiera con él algo de humo. La ocurrencia se le escapa entre el vaho de un suspiro cuando recuerda aquella vez que sí llegó a abrir la puerta y a poner un pie en el Café y miró boquiabierto las luces entre el humo y las mesas y las trompetas que hacían de verdad la música que él oía desde el banco y que, durante muchas noches, creyó nacida de algún conjuro mágico. Cuando salió de su asombro, se dirigió a una de las mesas y pidió tabaco a un hombre vestido muy elegante. El hombre le miró con cara extraña y ya le iba a alargar un cigarro cuando una mano atenazó a Rogelio por el brazo, lo arrastró entre las sillas y lo arrojó al asfalto de la calle. ¡Fuera de aquí, piojoso!, le dijo desde el vano de la puerta un hombre trajeado que ya no ha visto más.

Después de cerrar con un portazo, Rogelio aún lo oyó decir: Les pido perdón. Es como los perros callejeros: no debe uno darles de comer o no se los quitará de encima. Y luego una larga risotada. Desde el viernes siguiente, el portero ha desafiado a Rogelio desde la puerta con la mirada tintada por las gafas. Hoy no está, pero puede que desde dentro del Café, al calor de un brasero, le observe igual que él puede ver, a través de las celosías de las ventanas, a mucha gente hablando, riendo, bebiendo, celebrando algún misterio que él no entiende.

De repente suena el cerrojo de la puerta. Será el portero, ya pensaba que había olvidado nuestra cita, se dice a sí mismo, en voz baja. Una de las hojas se abre y aparecen dos muchachos que ríen y parlotean mientras miran a un lado y otro de la calle, como acechando a alguna presa, y por fin se vuelven a Rogelio, sonrientes. ¡Eh, estamos aquí!, gritan mientras mueven la mano en el aire. Rogelio abre los ojos incrédulo y enseña una sonrisa desdentada mientras los muchachos hacen gestos con los brazos, indicando el camino del Café. Se levanta del banco, ahora sin esfuerzo, y baja el bordillo entre los coches aparcados para cruzar veloz y sonriente a la otra acera, y se sobresalta cuando otros dos muchachos pasan junto a él y le propinan un empujón que casi le hace perder el equilibrio que por los años ya le va fallando. Tenga cuidado, hombre, le espeta uno de ellos con voz agria sin apenas echar la vista atrás. Los cuatro jóvenes se saludan con abrazos y risas y date prisa que empieza el concierto y se reparten cigarros de una pitillera de metal dorado.

La puerta se cierra y pronto unas trompetas se alzan sobre el parloteo infinito del Café. Entre las celosías, bajo la luz ocre del escenario, se adivinan unos dedos ágiles que tiran de las cuerdas de un bajo. La música invade, clara y alegre, la madrugada en la calle de la Alondra. Una gabardina raída se pierde en una esquina angosta donde no llega la luz de las farolas. Tampoco esta noche hay asiento en el Café de San Germán para Rogelio Hernández.

  • En vez de “degusta”, “saborea”. ¿No?

    Mejor que el otro.

  • ¡Tienes razón! Lo cambio ahora mismo.