[Artículo publicado originalmente en El Correo de Andalucía, el 19 de octubre de 2010]

La Cartuja se levanta y extiende al otro lado del Guadalquivir, como una isla ignota para la ciudad. Un Nuevo Mundo particular que el sevillano debe, más que nunca, descubrir.

Sevilla la Barroca es un eterno claroscuro donde cada paso es un puente que cruza una nueva frontera entre la luz y la sombra, entre el brillo de lo antiguo y un nuevo hallazgo en la penumbra. La Sevilla barroca de antaño, la de los puentes entre orillas, entre lejanas tierras, aquella que se descubrió a sí misma y ante el mundo entero cuando el desvelo de la más nueva de sus partes cumplió cinco siglos, aquélla es la misma ciudad que hoy sigue tendiendo puentes hacia su orilla más nueva, La Cartuja. ¿Pero qué conocen los sevillanos de esta isla casi ultramarina para muchos? ¿Qué hay por descubrir en este Nuevo Mundo particular de Sevilla?

Que los tiempos han cambiado es indudable. Por eso todo aquél que pretenda lanzarse a la aventura cartujana ha de tomar un medio motriz práctico y apropiado, como las carabelas colombinas, pero acorde a los tiempos modernos. No es posible pensar en otra cosa que en una bicicleta con la que poder volar a lo largo de kilómetros de carril-bici y surcar los puentes que nos llevan hasta las maravillas de la orilla desconocida de la ciudad. 

Quizá como premonición, como profecía en la que nadie ha reparado, en La Cartuja el carril-bici se extiende como una gran serpiente a lo largo del Camino de los Descubrimientos, una de las vías principales de la Expo de 1992. Hoy es el punto de partida de un dédalo de calles y glorietas, de edificios y parques en los que las maravillas de entonces se alzan espléndidas junto a las más recientes. Probable y lógicamente, lo que más deseará conocer el visitante (y acaso lo primero que llamará su atención) son los antiguos pabellones de la Exposición Universal que aún quedan en pie.

Más de una treintena están catalogados como Bien de Interés Cultural por la Junta de Andalucía. Algunos constituyen la sede de empresas, instituciones u organismos públicos o privados, como los de Italia, Francia, Canadá, México o Marruecos. Este último, el más fastuoso y bello, acoge numerosos eventos organizados por la Fundación Tres Culturas, por lo que normalmente se puede acceder a su interior, aunque los jardines y las construcciones que lo circundan no lo desmerecen lo más mínimo.

Pero el aventurero cartujano no sólo encotrará edificios nuevos. Entre todo, guardían de siglos, está el Monasterio de Santa María de la Cueva, sede del Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) y del Instituto Andaluz de Patrimonio Histórico (IAPH). Allí se pueden disfrutar de muestras, de cursos de la Universidad Internacional de Andalucía y, cómo no, por el módico precio de 1,80 euros, se puede contemplar esta joya del patrimonio sevillano, desde su interior hasta los jardines de la entrada, de disfrute público.

Y si hablamos de jardines, si esto es lo que busca nuestro explorador, sólo tiene que acercarse al Puente de La Barqueta, a la orilla del Amazonas Guadalquivir, por donde sigue y sigue, como una senda interminable, el carril-bici, primero por la tierra, luego sobre el agua, en el pantalán. Al final del todo, como El Dorado verde, está el Jardín Americano, una selva en miniatura con lagos restaurados que evocan aquella Nueva Babilonia que fue para muchos la Sevilla de la Carrera de Indias.

Pero, por más nuevo que sea, este Nuevo Mundo sevillano no deja de ser sevillano. No deja de ser un claroscuro, un gran contraste en cada paso. Una conjunción de lo nuevo y lo antiguo, de lo exótico y lo sofisticado. Y así llega el viajero al final del periplo, con el cansancio en sus espaldas, en sus rodillas, buscando un remanso donde recobrar las fuerzas para la vuelta. Así llega a alguno de los muchos parques de La Cartuja, como el de la calle Thomas Alba Edison, tras la Facultad de Comunicación. Una inmensidad de bancos, pérgolas con enredaderas y fuentes, coronado todo por la gran equis del Pabellón de México. O aquellos otros, los de las calles Marie Curie e Isaac Newton, oasis de palmeras y agua en pleno corazón de la Isla Nueva.

Ya cae la noche y las luces de la tierra iluminan los cielos de Sevilla. Las maravillas cartujanas ya se sumen en un letargo que acabará con el nuevo sol. Ahora toman el relevo sus hermanas iluminadas, brillantes. El gran zigurat del World Trade Center, símbolo de este Nuevo Mundo ya descubierto y aún, con cada día que amanece, con algo, con mucho, por descubrir. Y al final de todo, en la salida -o en la entrada para la próxima expedición-, la Torre Triana, dorada, enhiesta e imponente, como un gran barco. Como una moderna carabela que nos indica el camino del retorno, siempre esperado, a este Nuevo Mundo sevillano.