Hace unos días, Charlie colgó una entrada a colación de un vídeo que había dejado en un comentario uno de nuestros lectores. En el vídeo se podía contemplar la lapidación de una joven musulmana, creo que grabada con un móvil o un aparato similar (teniendo en cuenta la calidad de las imágenes). El lector que nos informó de este vídeo proponía un debate sobre humanismo, machismo y otros temas. Yo, como respuesta a este vídeo, y siempre desde la óptica de la Comunicación y el Periodismo, propongo otro debate, relacionado con la ética de los profesionales de la información.

Para ello, iré introduciendo una serie de cuestiones, e iré dando respuesta con mi reflexión. Posteriormente, espero sus propias ideas. Seré breve tan breve como de costumbre.

1. ¿Es el comunicador un mero instrumento de captura y transporte de imágenes/acontecimientos -como es el caso en el vídeo-, o debe intervernir en los hechos?

Siempre me ha llamado la atención que muchos periodistas estén ante un hecho como el que vemos en el vídeo, o bien ante una víctima de un accidente o de un atentado o catástrofe, y la mayoría de las veces no hagan nada. Simplemente se limitan a filmar o a hacer fotos. Por eso me da miedo pensar en eso que dicen algunos profesores: que el objetivo de una cámara puede crear un muro infranqueable entre el periodista y la realidad, y que al final el comunicador sea incapaz de mediar en lo que tiene a dos metros delante de sí.

Creo que todos recordamos el caso de Kevin Carter, el fotógrafo que fue Premio Pulitzer de Fotografía en 1994, gracias a su captura de una niña sudanesa que estaba agonizando de hambre, mientras un buitre la acechaba a pocos metros. Carter sacó la foto, y esperó veinte minutos más por si el buitre abría las alas. Luego, cansado, se fue y dejó a la niña allí. Le dieron el galardón, pero ese mismo año se suicidó, preso de la culpa por no haber socorrido a la pequeña.

“Es la foto más importante de mi carrera pero no estoy orgulloso de ella, no quiero ni verla, la odio. Todavía estoy arrepentido de no haber ayudado a la niña”.

2- ¿Qué papel desempeña la ética del profesional en la cobertura de acontecimientos y a la hora de mostrárselos al público?

Esta segunda cuestión viene a cuento de lo que verdaderamente se muestra en el vídeo: la forma y la presentación de las imágenes. El comentarista que nos puso el enlace al vídeo decía lo siguiente:

¿Por qué se debe o tienen que grabar estas imágenes? (…) Una pregunta, ¿qué venden los medios de comunicación, lo que ellos quieren vender o lo que nosotros queremos que nos vendan?

Para estas preguntas hay opiniones y respuestas de todos los gustos y colores. Unos, entre ellos posiblemente este comentarista, pensarán que hay que mostrarlo todo, quizás haciendo alusión a la utopía -desde mi punto de vista- del periodismo como ventana al mundo, como algo que muestra objetivamente lo que pasa (pero ése, aunque lo conozcamos y queramos debatir, es otro tema).

Por otra parte, los que en la entrada de Charlie dijeron cosas como “no he podido llegar al final” o “no he podido aguantar las imágenes”, seguramente estén a favor de una autocensura por parte de los propios profesionales de la comunicación.

Evidentemente, la necesidad de mostrar en imágenes un hecho es indiscutible para los medios audiovisuales -una noticia de TV sin imágenes, es una información a medias, ergo no es noticia-. Sin embargo, cuando las imágenes son impactantes, entra en conflicto la necesidad que tiene el medio de producir información con la ética periodística que tiende a fijar un límite en las imágenes.

Normalmente, tanto los profesionales como las cadenas de televisión (y también diarios, si hablamos de fotografía) se abstienen de publicar contenidos que pueden herir la sensibilidad. El problema viene cuando se filman o fotografían imágenes que no tienen nada de trascendente, que son prescindibles, o que simplemente funcionan como espectáculo visual y morboso.

Lamentablemente, cada día son más habituales estas imágenes en televisión, fomentadas por cadenas amarillistas. Me viene a la mente el caso de Omayra, la niña colombiana que estuvo tres días atrapada en un lodazal, tras la erupción del volcán Nevado del Ruiz. El rescate de la niña resultó imposible con los medios disponibles en el momento, por lo que se optó por dejarla morir. La agonía de la chiquilla se retransmitió en vivo en todo el mundo.

¿Es realmente esto ético? Más que ético, ¿es necesario? En mi opinión, este tipo de contenidos son totalmente prescindibles. No aportan nada a la información, y simplemente funcionan como burdo espectáculo morboso al servicio del sensacionalismo mediático.

La función de los periodistas y la empresas de comunicación, en tanto que gatekeepers, es seleccionar la información verdaderamente relevante, dejando a un lado la paja que puede suponer unas imágenes que, a pesar de formar parte de un hecho, se salen de contexto debido a su poca trascendencia y a la morbosidad que conllevan implícita -y explícita, ciertamente-.

Realmente, nosotros estamos poco acostumbrados a este tipo de contenidos. Por eso aún hay muchos que, por pura repugnancia ante ciertas imágenes, dicen “no puedo acabar de verlo”. Esto nos plantea una nueva cuestión, relacionada con todo lo anterior: ¿deben los medios y los comunicadores autocensurar sus contenidos, o por el contrario corremos el riesgo de estar construyendo una información demasiado blanda y aséptica frente a la realidad?

Por último, respecto a la última pregunta del compañero comentarista, que preguntaba “qué venden los medios de comunicación, lo que ellos quieren vender o lo que nosotros queremos que nos vendan”, pues le respondo con la otra pregunta clásica, con la que daré paso a un, espero, interesante debate: ¿quién crea el feedback: los receptores o los emisores? O para que nos entendamos, y básicamente planteando lo mismo que plantea nuestro amigo comentarista: ¿qué prima en los contenidos de los medios: la oferta de las empresas o la demanda de los públicos?