La cámara de fotos se hunde en la penumbra
cubierta por el polvo de otras tardes.
La terca tapadera condena al objetivo
a no abrazar la luz con su película.
Se ha deslizado en vano la correa
que cae sobre el estante como un grito
ahogado en el ocaso perpetuo de este cuarto.
Están descoloridos los paisajes de mayo,
ajados los retratos, una ciudad perdida,
recuerdos bulliciosos de una risa marchita
en enormes salones que ahora habita la nada.
Un carrete ha quedado encerrado en la cámara.
El tiempo ha derrotado los resortes
y se ha abierto la tapa. La vida se ha velado.
El silencio y el polvo le imponen su mortaja.
Unas campanas doblan a lo lejos.
La lluvia anuncia afuera un cortejo de sombras.

12-08-14