La Torre de los Perdigones

Hubo un tiempo en que existió una Sevilla de barrios antiguos, grandes dédalos de calles estrechas llenas de telares y fábricas y casas habitadas por obreros. Hubo un tiempo en que el norte del Casco Histórico de la ciudad fue símbolo y estandarte del esplendor industrial de Sevilla. De aquel San Luis de fábricas y obreros hoy queda poco o nada más que el recuerdo, salvo una atalaya que se alza sobre el tiempo y la mano del hombre, como un centinela eterno de la urbe y sus habitantes.

La Torre de los Perdigones es el vestigio industrial más notorio e imponente de los que han resistido a la transformación urbana de la zona norte del Centro. Esta torre de casi 46 metros de altura formó parte de la antigua fundición San Francisco de Paula, dedicada desde 1890 a la fabricación de productos de plomo, entre ellos munición para armas –industria puntera en la Sevilla de la época-, como los perdigones de los que recibe el nombre.

Originariamente, la Torre de los Perdigones servía para fabricar este tipo de munición mediante un peculiar sistema basado en los recursos naturales más que en sofisticadas técnicas artificiales. Con la ayuda de poleas se subía el plomo hasta lo más alto de la torre. Allí había un horno en el que se fundía. A continuación se dejaba caer el plomo fundido por la torre. El aire que entraba por las ventanas y la fuerza de la gravedad dividían el plomo en pequeñas gotas que se solidificaban dentro una pequeña piscina, en la base de la torre, y de ahí los perdigones.

La fundición, junto a la mayoría de las fábricas de La Macarena, se trasladó en 1950 a los nuevos polígonos del extrarradio. La torre permaneció abandonada hasta que se restauró como mirador para la Expo de 1992 y, ya en 2005, el Ayuntamiento la acondicionó para albergar una cámara oscura con la que poder divisar toda Sevilla y los alrededores.

José Ángel Díaz es el guía de la Torre de los Perdigones. Además de gestionar las visitas –4 euros por persona-, él se encarga de conducirlos hasta la cámara oscura, de accionar el mecanismo de cuerdas que permite controlar el espejo de la cámara y de explicar al atónito visitante qué es lo que está viendo en cada momento en la gran “pantalla” ovalada. José Ángel habla de la maravilla de poder ver “fotografía en movimiento” que refleja el espejo y que deja embelesado a todo el que la visita. “Es maravilloso poder ver una fotografía de Sevilla y encontrar que esa fotografía se mueve, que es lo que realmente está pasando ahí fuera”, explica.

El Parque de los Perdigones y el noroeste de la ciudad, desde la Torre

Mientras va girando el espejo y va cambiando la imagen -ahora más lejos, en el Aljarafe, y ahora un poco más cerca, casi a nuestros pies-, José Ángel va explicando qué es lo que estamos viendo. “Esta cúpula grande de aquí es la de San Luis de los Franceses, y ésta de la derecha es la torre de Don Fadrique y al lado está el convento de Santa Clara, y el de San Vicente”. Son “monumentos que la gente no suele visitar, que están olvidados”, dice José Ángel, pero gracias a la cámara oscura “podemos mostrárselos a la gente, decirles que están ahí y explicar cómo son”.

El guía continúa descubriendo todos aquellos detalles de Sevilla que el ojo no suele ver desde el suelo. “¿Veis esa silueta delgada? Es la otra torre de los perdigones, en el Polígono Calonge. ¡Mirad ahí! Es el metro cruzando el río hacia San Juan”. Ciertamente alguien podría pensar que la cámara oscura es un artilugio mágico y que esa fotografía que se mueve no es más que una mera ilusión, el fruto de algún truco de factura oculta. Pero en esta ciudad de maravillas increíbles todo es lo que parece. José Ángel abre de pronto un par de puertas metálicas y la cámara oscura se vuelve luminosa y clara con la luz del día que entra a raudales. Los visitantes de la torre salen al balcón de la última planta, el mirador, y se tornan vigías de la urbe, deslumbrados por el espectáculo de contemplar Sevilla desde lo alto, como nuevos giraldillos.

Después de media hora -el tiempo que dura cada sesión de cámara oscura-, los visitantes se despiden del siempre sonriente José Ángel, y vuelven a los jardines que hay al pie de la torre. El viento esparce el agua fresca que mana de la fuente, rodeada de césped y árboles que dan sombra a los bancos. Es el lugar perfecto para descansar brevemente, para cerrar los ojos y ver, aún nítida en la retina, la estampa luminosa de Sevilla. El sol comienza a abrazar la ciudad. El viento caliente ya no juega a salpicar con el agua y ahora abofetea el rostro. Fuego lento. Ha llegado el momento de dejar los bancos y tomar un refrigerio, acaso ya el almuerzo, en el kiosco-restaurante Torre de los Perdigones. Porque también sacian el hambre los vigías, y porque Sevilla no sólo entra por los ojos.

  • Magnífico el relato. Siempre queda una Sevilla por descubrir para los propios sevillanos.

    • Muchas gracias. Te animo a que la visites. Es impresionante.

  • dediego

    Maravilloso. Para que luego digas que no vales para esto, mamón. Sigue haciendo joyas como ésta.