Hoy, domingo, 25 de marzo de 2012, es el día del cambio de hora, y también, dicen, es el día en el que llega la hora del cambio. Los partidos llevan vendiéndonos la misma burra desde aquella campaña de 1982 que llevó a La Moncloa a Felipe González. Desde entonces, el cambio ha pegado más de un bandazo, desde la izquierda a la derecha, hasta acabar siendo otra muletilla prostituida por el marketing político, porque lo cierto es que cambio ha habido poco. Y menos en Andalucía.

Después de 30 años de gobierno del PSOE, exceptuando aquellos dos de la coalición entre el PP e Izquierda Unida -la “pinza”, que es un muy curioso concepto acuñado por los socialistas para denominar cualquier pacto o gobierno en el que ellos no pinten lo más mínimo-, bien se puede decir que Andalucía no es la misma que la que dejó el franquismo, pero se le parece. Cuanto menos, sigue siendo, como entonces, la región más atrasada de España, y acaso de Europa.

Podría decirse que comparar la Andalucía de 1982 con la de hoy es una tontería, que 30 años son muchos como para no haber cambiado lo más mínimo. Es cierto, como cierto es que algo hemos mejorado. Faltaría más, tiempo hemos tenido. Pero si de tener tiempo se trata, con tres décadas ha contado el PSOE para hacer que Andalucía deje de ser el culo de Europa, y lo único que ha demostrado es su incapacidad para lograrlo.

Sí, 30 años son muchos. Demasiados. Tantos que una generación entera, la de los 80 en adelante -a la que pertenece un servidor, no ha conocido otro gobierno que el del PSOE, y muchos ni siquiera hemos visto con nuestros ojos otro presidente de la Junta que Manuel Chaves, aparte de José Antonio Griñán en estos últimos años.

Para estar los socialistas en tan férrea oposición al franquismo y todo lo que representa, y para estar siempre erigiéndose en liberadores del pueblo andaluz frente a esa derechona rancia a la que invocan permanentemente a fin de meter el miedo, bien paradójico es que lleven casi tanto tiempo en el poder como lo estuvo el dictador, tramas de corrupción incluidas, como en los mejores regímenes autoritarios.

Pero no se preocupen, que hoy, dicen, llega el cambio. El de Javier Arenas, ese antihéroe de la política andaluza al que, como el gobierno socialista, los que nacimos de los 80 en adelante recordamos batallando sin éxito como un Quijano incansable contra el molino del PSOE, en una derrota perpetua, tres de tres (1994, 1996 y 2008) y un medio gobierno (1994-1996) que no llego a ser del todo, pero que ahora, a la cuarta, parece que se culminará por fin.

Quizá éste sea el único cambio que acompañará a Arenas, pues quienes lo hemos visto a lo largo de todos estos años ya nos lo tenemos bastante bien conocido, aunque sólo sea de verlo en esa segunda fila de la oposición, y no poniendo en marcha políticas desde el gobierno autonómico.

Más allá, como orquesta en esta pelea de gallos -o de viejos perros que se conocen desde hace bastante-, está la Izquierda Unida de Diego Valderas, otro muchachito que lleva en el Parlamento de Andalucía desde el año 1986, y que fue pareja de baile de Arenas en aquel efímero gobierno de entre el 94 y el 96.

Junto a fieles escuderos como Juan Manuel Sánchez Gordillo, otro recién llegado a esto de la política (alcalde de Marinaleda, Sevilla, desde 1979), Valderas es un vivo reflejo de ese cambio que a partir de hoy veremos por doquier, aunque en caso de que Arenas no gane con mayoría absoluta tendrá que decidir con qué pierde más: si absteniéndose en la votación de investidura o si apoyando la perpetuación, cuatro años más, del gobierno del PSOE.

Al otro lado del campo de batalla, deseosos de entablar combate, tres nuevos -qué digo nuevos, como si los otros fueran viejos- contendientes. En primer lugar, UPyD, que porta el estandarte de la incoherencia, al presentarse a las elecciones de una de esas comunidades autónomas que la líder nacional de su partido, Rosa Díez, calificó no hace mucho como “chiringuitos”.

En dura pugna con el partido magenta está el ave fénix -quién sabe hasta cuando- de la política del Sur, el Partido Andalucista, ese partido guerrero -como se le conoce por estos lares a causa de sus continuas luchas intestinas- hoy comandado por la integradora Pilar González, repleto de nuevos milicianos -como Fernando Álvarez-Ossorio o Pilar Távora- de una desbordante ilusión con la que ya veremos si finalmente consiguen recuperar el apoyo perdido fuera y dentro del partido.

Y en alguna esquina de la más moderna y olvidada izquierda se encuentra Equo, el partido verde que, de tan verde, aún ni se le espera en la bancada de los diputados andaluces. La esperanza de este verde partido es la de mucha gente que confía en que introduzcan, como ellos pretenden, frescor en la política a todos los niveles, ahora también autonómico.

Pero estos tres contendientes, aseguran todas las encuestas, son harina de otro costal que no se abrirá por el momento. Mientras tanto, Andalucía se debate entre la encrucijada de desalojar a quienes llevan tres décadas apoltronados en el poder y sustituirlos por alguien que lleva casi tantos años intentando hacer lo propio, en un quiero y no puedo patético. Entre el cambio por algo que es lo mismo de todo este tiempo atrás, y el camino seguro, por el que seguro que iremos a ver repetido lo mismo que durante estos 30 años hemos visto y vivido, que es peor.

La única seguridad en el camino de los andaluces es que hoy hay un cambio, uno de mentalidad, el de tener la certeza de que esa esperanza que pedía la blanca y verde no llega tras siglos de guerra que hoy, con el trono de San Telmo como objetivo, continúan. Una guerra en la que, como en todas las que ha vivido esta tierra, gane quien gane, serán los andaluces los que pierdan.