Que quien posee la información posee el poder es por todos conocido. Por eso cabe prestar atención a la descentralización que Internet está provocando en numerosas esferas de la realidad analógica que, hasta hoy, conocemos (o conocíamos). Entre ellas, fuertemente afectada, se encuentran la de la información y, por ende, también la del poder.

La descentralización de la Red afecta de forma importante a las audiencias, las opiniones y las vías a través de las cuales se transmite la información. De hecho, está alcanzando un nivel en el que es imposible no sólo controlar sino predecir los movimientos de las personas (audiencias o votantes) que se mueven en todos los espacios internéticos, desde los blogs a las redes sociales, pasando por las webs corporativas y, cómo no, los medios de comunicación.

Pero esta descentralización —que no es más que una traslación al plano virtual de la atomización que, al menos en España, vive la sociedad actual— puede contrarrestarse con un acción bien organizada para promover, potenciar y canalizar cierta corriente de opinión, tal como sostiene Antonio Núñez con su estrategia del pingüino.

A todo esto recuerda la reciente resurrección de una noticia publicada por EL PAÍS el 21 de junio de 2005, en la que se informa sobre la afirmación de que la homosexualidad es una enfermedad, realizada por un experto invitado por el PP a comparecer en el Senado. La noticia corrió por las redes sociales (especialmente por Facebook, aunque también Twitter, Tuenti y mensajes de correo electrónico) y llegó a la portada de la web del diario, dentro de lo más leído.

El PP, que había ganado las elecciones generales días antes y que aparece aludido directamente en el titular, transmitió una queja lógica al diario. No obstante, gracias a esta explicación mecánica del fenómeno que da Andrés Segovia, analista web de EL PAÍS, queda claro que el diario no ha manipulado nada, sino que la aparición de esta noticia en la portada ha sido una reacción natural dentro de un proceso mecánico, el de las visitas recibidas, provocada por una avalancha de reproducción de enlaces en las redes sociales y en otras webs.

No obstante, dentro del artículo de la Defensora del Lector de EL PAÍS aparecen las impresiones de dos miembros del mismo periódico —Gumersindo Lafuente, responsable de desarrollo digital de la web, y Tom C. Avendaño, redactor— sobre el fenómeno de que una noticia tan antigua pueda llegar a ser lo más leído. Otras consideraciones aparte, tanto Avendaño y Lafuente como la propia Defensora llegan a la conclusión de que la noticia se ha propagado con tanta rapidez y efectividad debido a que la gente, en primer lugar, se ha quedado en el titular y han tomado la información como actual, ya que no sólo no se han sumergido en el cuerpo de texto sino que ni siquiera han comprobado la fecha. Esta propagación sin filtros se ha visto favorecida por dos elementos: la relación de confianza que se establece en las redes, algo que ya vimos con Antonio Núñez y que nos recuerda Gumersindo Lafuente, y la importancia de la urgencia y la actualidad en la asimilación de la información en esta era, como señala Tom C. Avendaño.

Sin embargo, como consecuencia de todo esto, Lafuente habla de este fenómeno como “una manifestación de la fuerza de las redes sociales”, al tiempo que afirma lo siguiente:

“Las audiencias están tomando un papel cada vez más activo y no solo actúan como fuente, sino que ayudan a construir el relato informativo. La gente se posiciona respecto de diferentes problemas y lo hace recomendando o retuiteando. Es su forma de exigir el poder que tiene como audiencia.”

Efectivamente, gracias a las redes sociales y la relevancia que está teniendo Internet en el discurso y en el debate políticos, las audiencias han adquirido la potestad de intervenir en el discurso mediático —siempre dentro de los límites que imponen, en primer lugar, la agenda-setting impuesta por los grandes medios y, además, la influencia particular de cada medio— a través de la influencia que supone la reproducción de ciertos mensajes en las redes sociales y en otros lugares de la Red.

Pero Lafuente, al menos en estas declaraciones para el artículo de la Defensora, no tiene en cuenta, precisamente, la falta de filtros o de crítica de la que adolecen las audiencias, y que las llevan a difundir mensajes o informaciones sin siquiera cuestionar en qué fechas se produjeron, cuanto menos sobre qué tratan esas informaciones o qué suponen esos mensajes.

Pensar que unas audiencias que ni siquiera van más allá del titular van a rescatar por sí mismas una noticia de 2005 para distribuirla por toda la Red y darle de nuevo un carácter de actualidad es, cuanto menos, ingenuo. Y aunque así fuera, ¿cuál es el motivo que mueve a cientos de miles de personas a difundir hoy esta noticia de 2005? El motivo está claro: vincular al PP con estas declaraciones y desgastarlo desde el primer día. Entonces deberíamos preguntarnos qué une a todas estas personas en ese afán de difundir esta información de forma ciega y casi obediente. O más bien quién las une.

Las noticias convertidas en propaganda política, en arma arrojadiza dirigida contra el adversario, y la promoción de mensajes propagandísticos en Internet no constituyen algo nuevo. En las campañas electorales de este 2011, e incluso en los meses previos, ya hemos visto cómo los simpatizantes y afines a diversos partidos, cuando no afiliados o responsables de comunicación de éstos, han creado, promovido y difundido hashtags en Twitter como medio de propaganda a través del eslogan, siempre aprovechando la fuerza de la masa de audiencias/votantes, que colaboran al dejarse llevar por este tipo de mensajes.

Estamos ante una nueva forma de activismo político enfocado a la propaganda. Alguien difunde una noticia antigua con el ánimo de que un titular bochornoso cale entre una opinión pública que ni siquiera mira la fecha de la noticia, cuanto menos el cuerpo de texto. Los activistas del partido (o afines a él) la difunden entre círculos de confianza —que son la base del funcionamiento de ciertas redes, como Facebook—, y éstos a su vez las vuelven a difundir en los suyas, y así sucesivamente. En menos de 24 horas ya tenemos nuestro pingüino.

Se trata de buscarle las triquiñuelas al sistema sin llegar a caer en la ilegalidad o, en este caso, sin que la imagen de cierto partido o actor político se vea perjudicada a través de su asociación directa con este tipo de acciones. Al final, ciertos partidos y actores ganan al desgastar al adversario, como también gana EL PAÍS —en visitas, pues más allá de eso no tiene responsabilidad en este fenómeno—, mientras que el PP sale perjudicado. Y sin embargo, igual que en otros casos como el de los SMS del “pásalo” en los días posteriores al 11M, y aunque todos sabemos que alguien tiró la primera ficha, nadie sabe quién inició este efecto dominó.