• 19/09/2015

[Texto original publicado en sevillareport.com el 17-10-13]

La burocracia en los países latinos parece
que se ha establecido para vejar al público.

Pío Baroja

J. Cerero / A. Mejías / J. Rodríguez / G. Verdugo | El 19 de junio, miércoles, alrededor de las 10.15 de la mañana, José Prat Teixidó se desplomó frente a la puerta del Palacio de Versalles tras apearse de un autobús turístico. Un momento antes había avisado a su pareja, Marisa, de que se estaba mareando. Falleció dos días más tarde al filo del mediodía en el Hospital André Mignot de Le Chesnay. El infarto lo derribó después de tres intentos a los 81 años.

Pasadas las dos de la tarde del 1 de julio, bajo un sol infernal que ahogaba hasta a los termómetros, recibió sepultura en el Cementerio de San Fernando de Sevilla, la ciudad donde residía. Habían transcurrido trece días. Si José Prat Teixidó hubiera podido hablar, antes de que una paletada de cemento pusiera fin a su paso por este mundo, habría hecho suya aquella máxima de García Márquez que dice que uno no se muere cuando debe, sino cuando puede.

“Llevo más de 13 días en los que no he tenido un sueño de más de dos o tres horas”, cuenta su hijo José Antonio. Hasta el miércoles de la semana siguiente no recibió una llamada de El Corte Inglés, la empresa con la que su padre contrató las vacaciones en Francia. Había viajado a París en compañía de su hermana para repatriar el cadáver. Allí les esperaba Marisa. Mientras tanto, el resto de la expedición turística continuaba el viaje hacia Frankfurt.

Nadie se acercó a preguntar si les faltaba algo y tuvieron que apañárselas en un país extraño cuya lengua desconocían. “Nunca he estudiado francés y en ocho días me han dicho que dónde había aprendido —relata— porque por fuerza he tenido que aprender en un país donde se habla muy poco el inglés”. Trasladaron el cuerpo de su padre a los servicios mortuorios del hospital. Llamaron a Mapfre, la aseguradora que debía hacerse cargo del entierro, y los derivaron a Mapfre Internacional. Así comenzó una odisea que no terminaría hasta dos semanas más tarde en un nicho del cementerio de Sevilla.

Antes de que el hijo reconociera el cadáver ante la Policía, Mapfre les ofreció dos posibilidades. Trasladar los restos hasta donde decidieran o que la familia pagara los más de 4.000 euros que cuesta una incineración en Francia a cambio de una indemnización de algo más de 2.000 y la renuncia a la cobertura del seguro. Eligieron traerlo de vuelta a Sevilla. Cuando Mapfre les entregó la documentación, José Antonio y su hermana constataron con sorpresa una cascada de erratas burocráticas. Hubo que tramitar de nuevo el papeleo y el regreso se retrasó. Ya llevaban ocho días en el país galo.

Aterrizaron en Sevilla el 28 de junio. José Prat Teixidó pasó la noche en Madrid y llegó al tanatorio de la SE-30 alrededor de las cuatro de la tarde del mismo día. Sus hijos se reunieron con él en la sala 9. La madera que cubría el féretro de zinc, que había salido impoluto de los servicios mortuorios del Hospital André Mignot, presentaba graves desperfectos. “Por encima de todo queríamos incinerarlo porque era su última voluntad, pero Mapfre nos dijo que era totalmente imposible abrir el zinc”. Sin embargo, la tapa del ataúd ya estaba abierta.

El artículo 21.3 del Reglamento de Policía Mortuoria de la Junta de Andalucía establece que, “para su cremación, los cadáveres transportados con féretro especial deberán ser cambiados a un féretro común, apto para tal fin”. José Antonio llamó de nuevo a Mapfre. “Por favor, ven para acá, mi padre está así abierto, vamos a intentar incinerarlo”. Recibió otra negativa por respuesta.

Miguel Yagüe, coordinador de Mapfre con su funeraria Funespaña, admite que “en este caso no existe ningún motivo” para no haber cremado el cuerpo y que “a menos que la licencia de enterramiento no dé la autorización, hay que cambiar el cadáver de féretro para incinerarlo”. Se escuda en que el de José Prat Teixidó “vino con una documentación en francés y abrir un zinc puede conllevar un riesgo si no se conoce qué dice exactamente esa documentación”. No es capaz de explicar por qué no se tradujeron los documentos antes de la repatriación.

A las 11 de la mañana del sábado 29 de junio, el Mercedes negro que portaba el cuerpo de Prat Teixidó se cocía al sol bajo el runrún de las chicharras en el cementerio de San Fernando. Familiares y amigos llegados desde Barcelona y Huelva se reunieron para darle el último adiós. “Presentamos los papeles y dos chicas que estaban allí nos dijeron que ellas no podían rellenar nada de eso porque estaba en francés”, relata el hijo. Uno de los allegados, traductor, se ofreció a solventar el problema. Las administrativas telefonearon a su jefe. Estaba en la playa. José Antonio quiso hablar en persona con él y ellas se negaron. Le dijeron que la familia debía personarse en el juzgado de guardia y sellar allí los papeles.

Un taxi condujo al hijo y al representante de la aseguradora hasta las dependencias judiciales del Prado de San Sebastián. Los funcionarios afirmaron no tener nada que ver con el asunto. Según Mapfre y el cementerio de Sevilla, ellos son los encargados de expedir las licencias de enterramiento cuando el Registro Civil está cerrado. Tampoco encontraron abierta la puerta del Consulado francés en Sevilla. Cuando regresaron al cementerio, los cuarenta grados de aquel mediodía de junio seguían cayendo a plomo sobre la chapa del coche fúnebre.

La familia comenzó una búsqueda a contrarreloj de un traductor jurado. Incluso el taxista andaba pegado a su teléfono móvil intentándolo. Al final encontraron una que se ofreció a tener lista la documentación en dos horas. La negativa del cementerio fue tajante. “Me dijeron que no, que tenía que estar sellado por el Consulado o por el Registro Civil”. Al filo de las dos de la tarde el cortejo fúnebre, con el Mercedes negro a la cabeza, se puso en marcha de regreso al tanatorio. Ya nadie sabía cuándo iba a poder ser enterrado José Prat Teixidó.

Ese día no existía jefe de servicio en el cementerio. El anterior, Antonio del Cerro Campañón, fue destituido por el Ayuntamiento el 16 de abril, como demuestra el acta de la Junta de Gobierno. Sin embargo, no hubo uno nuevo hasta el lunes 1 de julio, cuando tomó posesión en el cargo Ramón Cabas, actual jefe del servicio. Cabas se ha negado reiteradamente a identificar al misterioso sujeto que tiene la sorprendente habilidad de solucionar cualquier incidencia que se produzca en un cementerio como el de Sevilla desde un chiringuito de playa.

Cabas pretende hacer pasar las ordenanzas municipales del cementerio por el reglamento de régimen interior en el que se especifican las responsabilidades administrativas. La obligatoriedad de este documento está recogida en el decreto 2263/1974, de 20 de julio y el decreto autonómico 95/2001, de 20 de abril. La inexistencia de este reglamento añade un manto de oscurantismo a la hora de saber quién era el máximo responsable el día del entierro de José Prat Teixidó.

A primera hora del lunes 1 de julio, ya con Cabas como jefe del cementerio, los familiares se preparaban para dar por fin sepultura al finado. “Mapfre nos había dicho que el lunes a primera hora se personarían en el Consulado para que hicieran una traducción de todos los papeles y luego irían al Registro Civil para que los sellaran”, cuenta José Antonio. Un trámite en principio breve. Horas después, a la una y media, los allegados continuaban en pie ante las puertas de hierro fundido del camposanto.

“Cuando llegamos al sitio donde lo íbamos a enterrar resulta que ya había alguien enterrado”. De nuevo el camino de vuelta hacia las oficinas, a enfrentarse al laberinto burocrático mal regulado de las dependencias mortuorias municipales. Algunos las califican de cementerio de elefantes funcionarial. Sobre esta anomalía tampoco tiene Cabas explicación alguna.

El trámite duró 15 o 20 minutos. “No tardó mucho, aunque a pleno sol a las dos de la tarde en Sevilla te parezca una eternidad”, afirma José Antonio. Prat Teixidó recibió por fin sepultura entre ojeras profundas y caras de cansancio el día 1 de julio al filo de las dos y media de la tarde. Aun así, todavía tuvieron que enfrentarse a una última prueba: conseguir que un funcionario reconociera en un documento el error cometido con los nichos. El hijo se vio obligado a recorrerse de nuevo todo el cementerio. El único que tuvo la decencia de firmar fue un sepulturero.

“Mucha gente nos ha dicho que no lo enterraban porque no les daba la gana. Te hablo de gente de todo tipo y condición, desde los jefes de los jefes, hasta los empleados de los empleados”, asegura José Antonio. Para Guillermo Peláez, responsable de Funespaña, la solución era mucho más sencilla. “Enterramiento [el sábado] y el lunes se entregará la documentación o no se entregará”. “Estábamos hablando de documentos oficiales —afirma—, el lunes pídeme todo lo que me tengas que pedir, pero la familia no tiene por qué esperar”. Según reconoce, “desgraciadamente en este cementerio pasan muchas cosas”, que a Cabas, por supuesto, no le constan.

La maraña burocrática se prolongó durante los dos meses siguientes. “A finales de esa semana me llamaron de BCN, una gestoría de Barcelona que trabaja para Mapfre, y me dijeron que ellos se encargarían de todo el papeleo junto con otra de Gines”, explica José Antonio. Al expirar el mes de julio, el despacho sevillano le comunicó que iban a desistir en los trámites porque hubo muchos problemas para conseguir el certificado de defunción.

Al no lograrlo, el hijo de Prat Teixidó inició un proceso de intermediación entre ambas oficinas durante varias semanas. En ese lapso de tiempo descubrió que su padre no estaba inscrito en el Registro Civil de Sevilla ni en el central de Madrid. Entonces comprendió por qué el cuerpo no había sido inhumado el día 29 de junio. Mapfre no había remitido el documento al Consulado de España en París, como establece la ley.

José Antonio telefoneó a la oficina consular. La funcionaria accedió a resolverle el trámite. Cinco días más tarde, el documento estaba en su poder. Tres meses después de morir, el 21 de agosto, José Prat Teixidó fue declarado administrativamente fallecido e inscrito como tal en el Registro Civil de Madrid.

La odisea culminó en la mañana del 9 de octubre. Tal como fue su última voluntad, el cadáver de José Prat Teixidó fue sacado de su sepultura y cremado en el cementerio de San Fernando de Sevilla. “Debe ser una historia muy especial, porque antes de 18 meses aquí no se exhuma”, le había dicho a su hijo un alto funcionario del camposanto. “Ha sido una incineración a fuego lento”, concluye.