• 19/09/2015

[Reportaje publicado en sevilla report el 26/06/13]

Estación de ferrocarril abandonada en la pedanía de Minas del Castillo

Estación de ferrocarril abandonada en la pedanía de Minas del Castillo

G. Barbarov / J. Rodríguez / G. Verdugo | Antes de la toma de El Castillo de las Guardas, el 16 de agosto de 1936, ya se veían por el pueblo huidos de las localidades vecinas de Aznalcóllar, Guillena, Gerena e incluso de la ciudad de Sevilla. Hacía tan sólo un mes que el ejército rebelde comandado por Francisco Franco se había alzado contra la II República Española.

Por los caminos de la provincia de Sevilla, de pueblo en pueblo, vagaba una legión de personas que huían del ataque de las tropas fascistas en busca de alguna localidad que aún no hubiera sido ocupada. A pesar de que Sevilla ‘La Roja’ sucumbió en apenas una semana bajo el yugo del general Gonzalo Queipo de Llano, la zona noroccidental de la provincia continuó libre del dominio de las tropas golpistas durante algún tiempo más.

Aquel día, la columna dirigida por el comandante de Infantería Eduardo Álvarez-Rementería, recién repuesto de una herida de metralla sufrida durante la toma de Morón de la Frontera, situó unas piezas de artillería en El Cañuelo, a poca distancia del pueblo. Los disparos lograron que la gente huyera por su incapacidad para defenderse, de modo que los ocupantes no encontraron resistencia.

Las minas de Riotinto, divisadas desde Peñas Altas

Las minas de Riotinto, divisadas desde Peñas Altas

La caída de El Castillo era clave para los planes del ejército rebelde. Constituía una posición estratégica para proceder desde el sur y el norte a la toma de Aznalcóllar, donde preveían más resistencia. Las tropas partieron hacia allí dos días más tarde, tras constituir la comisión gestora que sustituyó al Ayuntamiento de El Castillo.

Antes de la llegada de la columna de Álvarez-Rementería, los habitantes de El Castillo habían expulsado de la localidad al destacamento de la Guardia Civil. Con la ayuda de mineros del municipio onubense de Riotinto lanzaron un camión cargado de dinamita contra la casa cuartel, pero los guardias dispararon a las ruedas del vehículo y lograron desviar su trayectoria. El impacto destruyó la casa contigua, donde residía uno de los dos guardias municipales, José, que no se encontraba en ese momento en su vivienda. Él y su compañero Martín fueron las dos primeras víctimas de la represión en el pueblo.

Pedro José Martín, nieto de José, cuenta los relatos oídos sobre aquellos hechos una soleada mañana de sábado al pie de la vieja y desde hace décadas abandonada estación del ferrocarril minero de El Castillo de las Guardias. La de esta pedanía era la parada final de un ramal de la mítica línea ferroviaria que iba desde Cala, en Huelva, hasta San Juan de Aznalfarache, en el aljarafe sevillano, y que transportaba el mineral de toda la cuenca minera de Huelva hasta Sevilla para que fuera trasladado en buques hacia el norte de Europa.

En los días siguientes comenzó la cacería de castilleros y de los habitantes de las pedanías y pueblos cercanos. A unos los fueron matando donde los encontraban y a otros los detuvieron y encerraron en la cárcel municipal. Al mismo tiempo, gran parte de la población se hallaba huida. La mayoría de los desplazados volvió casi de inmediato, y sólo continuaron evadidos quienes habían tenido una militancia sindical o política más activa, porque ya tenían noticias de lo que estaba ocurriendo en otras partes de la provincia de Sevilla.

En la margen derecha de la carretera que va hasta La Aulaga, pedanía de El Castillo de las Guardas, yacen sepultados los restos de dos hombres represaliados entonces. Santiago Fernández, vecino del pueblo sevillano de Osuna, narra el caso de su tío Nicomedes Fernández Rubiano mientras exhuman su cuerpo de la tierra húmeda. Nicomedes fue capturado en aquellos parajes junto a un compañero cuya identidad se desconoce. Los asesinaron y arrojaron a una cuneta al borde de la calzada para enterrarlos allí mismo a poco más de un metro de profundidad. Santiago tuvo noticia del lugar exacto donde estaba enterrado su tío durante una reunión de la Asociación de Memoria Histórica de El Castillo de las Guardas (ASMEHICA). Otro familiar de represaliado natural de El Madroño le informó de que todo el pueblo sabía que aquellos cuerpos estaban allí desde entonces.

Las Minas de El Castillo, una de las muchas pedanías con que cuenta la localidad, era en esos momentos un núcleo ajeno a la ocupación fascista. En la aldea y sus alrededores permanecían expectantes la mayoría de los huidos. Sólo cuando conocieron que se estaban cometiendo los primeros asesinatos en el pueblo escaparon más lejos, sobre todo en dirección a Nerva, en la provincia de Huelva.

A pesar de que las nuevas autoridades locales hacían continuos llamamientos a los evadidos para que se entregaran con la promesa de que quienes no tuvieran las manos manchadas de sangre no sufrirían castigo, nadie se fiaba a causa de las noticias que recibían a través de sus familiares, con los que seguían teniendo contacto.

En la Sierra Pajosa se encontraba, desde hacía varios meses, un grupo numeroso que comenzó a debatir la posibilidad del regreso, dadas las condiciones de hambre y frío en que se hallaban. De ellos, 42 decidieron volver. Lo hicieron de forma escalonada entre diciembre y enero. A medida que se presentaron, los identificaron y los dejaron libres. Una vez se confiaron, los detuvieron y procesaron. Nueve fueron fusilados y otro grupo importante fue condenado a cadena perpetua. Cuando lo supieron, los que eligieron no regresar lo tuvieron claro e intentaron llegar a la zona republicana o esconderse hasta que terminara la guerra.

Estación de ferrocarril abandonada en la pedanía de Minas del Castillo

Estación de ferrocarril abandonada en la pedanía de Minas del Castillo

Casi al final de la contienda, a 30 de septiembre de 1938, los datos de la Delegación de Orden Público de Sevilla sobre los represaliados en El Castillo de las Guardas son tajantes: 32 fusilados, 72 desaparecidos, 3 detenidos, 34 sancionados, 74 huidos y 4 asesinados por rojos. Del total, sólo 104 casos están documentados.

El miedo que impele al éxodo

“La comandancia militar de El Castillo tuvo en todo momento un conocimiento exacto de todas las personas que estaban huidas, con sus nombres, sus apellidos, sus edades”, cuenta José María García Márquez, historiador especialista en la Guerra Civil en las provincias de Sevilla y Huelva. Sin embargo, apunta que “fueron más porque ellos en los registros tenían al que buscaban, pero su mujer y sus hijos no figuraban, y siempre había más huidos que en el registro”.

El miedo que provocaban los acontecimientos que se estaban produciendo en el pueblo arrojó a muchos de sus habitantes al éxodo a través de la sierra junto a otros huidos de localidades y pedanías cercanas, como Aznalcóllar o El Madroño. La mayoría confluyeron en un paraje conocido como la Pata del Caballo, mientras que otros se dirigieron hacia Nerva y alcanzaron sin problemas la zona republicana.

La madre de Pedro José Martín fue una de las personas que se refugió en esa parte de la sierra durante casi dos años, un detalle que después negó durante el resto de su vida incluso a los familiares más allegados. El miedo tiene la extraña manía de permanecer en el cuerpo una vez lo ha invadido por completo.

[audio:https://archive.org/download/penasaltas/3.%20Pen%25CC%2583as%20Altas%20-%20Huidos%20de%20El%20Castillo%20de%20Las%20Guardas%20en%20la%20Pata%20del%20Caballo.mp3]

El 3 de octubre de 1936, un grupo de 23 hombres tomó un rumbo diferente y decidió refugiarse en una mina de manganeso denominada Peñas Altas. La excavación llevaba abandonada desde 1918. Contaba con tres pozos y seis bocas y no era muy amplia. Las autoridades locales tenían constancia de la presencia de huidos en la zona desde el mes de abril de 1937, pero no se atrevían a hacer incursiones porque desconocían el número y sospechaban que estaban armados. El grupo permaneció allí sin ningún incidente hasta el 1 de diciembre, cuando el Harca de Robes lo descubrió.

La acción inmediata del capitán Robles fue dar parte al teniente coronel Fermín Hidalgo Ambrosí, un conocido bodeguero de Sanlúcar que Queipo de Llano designó jefe de las fuerzas en la zona de persecución de huidos. “Con él llegó a la sierra de Huelva una etapa de auténtico terror”, explica García Márquez. El historiador cita las matanzas de las 17 mujeres de Guillena, las 16 de Zufre y las 5 de El Ronquillo como “represalias para que no se diera auxilio a los huidos”.

El caso de las mujeres de Guillena se ha resuelto definitivamente hace pocas fechas con la exhumación de sus cuerpos en la fosa común del cementerio de Gerena. Sus restos, una vez identificados, han recibido sepultura en su localidad natal y se les ha concedido el título póstumo de hijas predilectas del pueblo. Una de ellas estaba encinta y se han encontrado restos del feto junto a su cadáver. Los familiares y allegados han renunciado a la opción de interponer una demanda para depurar las responsabilidades de tan sangriento suceso.

Presente en el lugar junto al comandante Eleuterio Sánchez Rubio, que ostentaba el mando en la zona, Ambrosí solicitó una sección de dinamiteros para volar las bocas y los pozos de la mina. “Todo lo que hacían iba dirigido a acabar con los mineros, no a detenerlos”, explica García Márquez. Al mismo tiempo, el capitán Robles se encaminó hacia Villa Emilia, un cortijo de La Aulaga donde residía Melchor Salaya, último propietario de Peñas Altas. Su antigua condición de técnico en el yacimiento le permitió confeccionar para los militares un plano manuscrito de las galerías y los pozos.

Plano manuscrito de la mina, elaborado por su último propietario, Melchor Salaya, a petición del capitán Santiago Robles Alés

Plano manuscrito de la mina, elaborado por su último propietario, Melchor Salaya, a petición del capitán Santiago Robles Alés

El cerco a la mina rebelde

La mañana del día siguiente, 2 de diciembre, los dinamiteros explosionaron cargas en todas las bocas. A continuación, los militares intentaron entrar en la mina pero fueron recibidos con tiros de escopeta. Ante tamaña resistencia, Ambrosí determinó desviar un arroyo que fluye junto a la entrada y cuyo caudal era abundante en aquellos momentos. La intención era la de anegar las galerías, pero éstas contaban con su propio sistema de desagüe, de modo que el agua nunca las llenaba.

El día 3, acompañado de Joaquín Ibáñez, gobernador civil y militar de Huelva, y harto de intentonas fallidas, el teniente coronel mandó echar gasolina al agua y prenderle fuego. “Por todas las bocas salían llamaradas como si la mina estuviera ardiendo en su interior, pero no consiguieron nada”, relata García Márquez. Cada vez que se volvían a acercar al socavón eran recibidos con disparos.

Uno de los socavones de entrada a la mina de Peñas Altas, aquél por el que intentaron acceder los militares rebeldes

Uno de los socavones de entrada a la mina de Peñas Altas, aquél por el que intentaron acceder los militares rebeldes

En el fondo de la entrada descubrieron una puerta de mampostería en cuyas inmediaciones colocaron dos cajas de dinamitas de 25 kilos. La voladura derrumbó “medio túnel de la mina, pero allí no había forma de entrar, el que se acercaba recibía disparos de escopeta”, explica el historiador. El sorprendente nivel de resistencia de los huidos abocaba a los militares a la desesperación.

Empujado por la exasperación, el teniente coronel ordenó traer a su presencia a las esposas y madres de los refugiados para obligarlas a entrar en la mina y convencerlos de que se entregaran. Las mujeres no tuvieron alternativa y bajaron al pozo. Sin embargo, la sorpresa de los militares fue mayúscula al verlas regresar solas, con la excusa de que en las galerías no habían encontrado a nadie. Hasta dos días más tarde no descubrieron lo que había ocurrido en realidad.

Hidalgo Ambrosí decidió entonces traer gases asfixiantes desde Sevilla. “Hay que tener en cuenta lo que supone una decisión de este tipo —explica García Márquez— porque estaban rigurosamente prohibidos y no se podían utilizar desde la primera guerra mundial”. En opinión del historiador, esta documentación constituye la prueba sobre el uso de este arma. De no ser por ella, “de esto no se hubiera enterado nadie, sencillamente porque ellos mismos quisieron exigir responsabilidades de cómo se produjeron los hechos”.

El día 4 de diciembre, mientras esperaban los gases asfixiantes, intentaron hacer explosionar la mina con unas cargas introducidas en su interior mediante barrenos de cala. El objetivo era provocar el hundimiento general de las galerías y la muerte de los refugiados por aplastamiento. Sin embargo, colocar los grandes barrenos en dos puntos distintos requería su trabajo y tiempo.

Fuga con la desesperación por compañera

En la madrugada del día 5 de diciembre reforzaron las guardias, encendieron focos de carburo y dispusieron latas junto a los pozos para que el ruido del metal alertara de alguna posible huida. Llovía a mares y hacía un tiempo infernal, con un viento huracanado que dificultaba enormemente las labores de guardia. En el interior de la mina, los ocupantes estaban ya convencidos de que iban a morir. Aunque desconocían el uso de gases asfixiantes, el hecho de que fueran a dinamitar toda la mina ya les había dejado sin esperanzas. Fue entonces cuando Casimiro Sánchez, el Vaquero, los alentó afirmando que podían salir de allí.

Mediante esa arriesgada maniobra “consiguieron escapar todos, los 23 que estaban dentro”, cuenta García Márquez. Mientras huían fueron detectados por los guardias, que escucharon ruidos y “comenzaron a disparar y a tirar bombas de mano hacia el lugar de donde provenían”. Durante el alboroto, el grupo se dispersó y corrió en todas direcciones. Uno de ellos quedó cegado por una de las bombas y, con la conmoción, se equivocó de dirección y se encaminó hacia los falangistas, que lo capturaron. Era Francisco Gil, más conocido como el Penales. También fue atrapado Baldomero Parrilla, al que apodaban el Lobo de Aznalcóllar. Los demás consiguieron huir a pesar de la batida generalizada que se organizó para apresarlos.

Antiguo emplazamiento de la vía férrea de la cuenca minera de Sevilla y Huelva, que transcurría entre Cala, El Castillo y Riotinto

Antiguo emplazamiento de la vía férrea de la cuenca minera de Sevilla y Huelva, que transcurría entre Cala, El Castillo y Riotinto

Mientras los detenidos eran interrogados, el capitán Robles recibió la información de que en una mina próxima, la de El Higueral, podría haber un grupo de mineros escondidos. De inmediato se encaminaron hacia allí llevándose con ellos a Francisco Gil. El Higueral era una mina pequeña, con sólo un pozo. Robles decidió arrojar barriles de gasolina en el interior y provocar la explosión con una bomba de mano. Pero la bomba se le quedó enganchada en la cuerda y al explotar le hirió en una mano. Tras cerciorarse de que allí no había nadie, regresaron a Peñas Altas y mataron a Francisco Gil en cuanto terminaron de interrogarlo. Según consta en la diligencia del propio capitán Robles, lo enterraron allí mismo, “en el relleno de la mina”. A Baldomero Parrilla se lo llevaron para ponerlo a disposición de un juez, cosa que sucedió el mismo día 5, y lo mataron dos días más tarde.

Hasta la fecha no se ha conseguido saber si alguno de los fugados de aquella mina infernal sobrevivió también a la dictadura. “Es posible que sí —afirma García Márquez— pero no hemos conseguido encontrar esa información, porque la mayoría de las familias de estas personas se fue de allí hacia otros sitios; una pena, porque hubiera sido de gran valor el testimonio de una de las personas que estuvieron dentro”.

En uno de los grandes vacíos de esta historia que se quedan sin escribir. Casi ochenta años después de aquel asedio, apenas queda un pequeño rastro confuso de la presencia de los 23 hombres intrépidos de El Castillo de las Guardas en la mina de Peñas Altas. El relato completo de sus días entre aquellas paredes, de la angustia de saberse muertos y la alegría última de reencontrarse con la vida después de tantos días de sitio aún permanece inédito. Las vibraciones y los pensamientos que recorrieron sus cuerpos y sus mentes durante aquel largo año están sepultadas para siempre en el corazón de esas galerías anegadas.

Los 23 mineros de Peñas Altas

  • Manuel Cordero Sánchez y su padre Luis Cordero Fernández.
  • Los hermanos Antonio y Eugenio Álvarez Osuna.
  • Modesto Díaz Romero.
  • Críspulo Díaz Fernández, “Goro”, y su hijo Juan Díaz Parrilla.
  •  Los hermanos Isidoro y Silvestre Parrilla Delgado.
  • Casimiro Sánchez Gómez, “El Vaquero”, y su hijo Lorenzo Sánchez Fernández.
  • Fernando Cabrera Ortega, “El Recovero”, y su hijo Salvador Cabrera Mantero.
  • Francisco Gil Fernández, “Penanes”, y su hijo Antonio Gil Díaz.
  • Luis Gómez Benítez, “El Tubero”.
  • Sebastián Ignacio Guerrero, “El Portugués”.
  • Félix Ramírez Penco.
  • Juan Llanes García.
  • Fernando García Domínguez, “El Mocho”.
  • Pedro Fernández Fernández, “Vergüenza”.
  • De El Madroño, Severo Martín Martín y Blas Parrilla Fernández, “El Lobo de Aznalcóllar”